Quedarnos Quietos en el Ejercicio del Liderazgo Adaptativo

Quedarnos-quietos-grande

Por Alexandra Montenegro

Cuando ofrecemos las distinciones relativas al ejercicio de Liderazgo, muy pocas veces nos detenemos en lo que significa Quedarnos Quietos. Lo mencionamos, de vez en cuando lo ejemplificamos y mostramos sus bondades en dos o tres ejemplos con sabor a domingo en la tarde, pero casi nunca exploramos de que se trata y en que nos beneficia Quedarnos Quietos.

El primer obstáculo que se nos aparece es una suerte de rechazo. Descalificamos el Quedarnos Quietos como si fuera el pariente esotérico, algo raro en la familia de los conceptos claves a internalizar, versus distinciones brillantes y estimulantes como movilizar, buscar aliados, intervenir, identificar facciones, reconocer las pérdidas, entre otras que se nos aparecen mucho más seductoras y más urgentes para poder generar aprendizaje y cambios Miramos el no hacer y la quietud casi como la antítesis de lo que nuestro sentido común nos indica que se requiere para ejercer liderazgo.

Es normal que así sea. Quedarnos Quietos en nuestro mundo se asocia fácilmente con la flojera, la negligencia, la falta de aplicación y hasta el descuido. “No hay manera de ser exitosos quedándonos quietos”, nos grita parte de nuestra conciencia, empujándonos a un frenesí de hacer y más hacer.

Y si esto es así, ¿por qué será entonces que el Liderazgo nos hace la invitación -y nos advierte tenazmente- de la importancia de que demos uno o dos pasos hacia atrás y dejemos de hacer?

Para responder la pregunta anterior, quizás lo primero que debemos hacer es desafiar el Quedarnos Quietos como una inactividad sin sentido. Porque aunque a veces Quedarnos Quietos significa quedarse inmóvil y en silencio –sobre todo cuando no somos lo suficientemente conscientes de nuestras acciones y nuestras palabras- más que nada se refiere a buscar la quietud interna que algunos, con mucha práctica, incluso logran sostener sin dejar de hablar o de estar envueltos en algún accionar.

Porque lo crucial de este espacio es estar presentes para lo que va pasando con nuestra mente, estar atentos tanto al entorno, como a los pensamientos que fluyen dentro de nosotros. Se trata de mirar y mirar-nos con la sola intención de reconocer el tinte de nuestra mente. Es observar nuestros sistema operativo y develar cómo está funcionando: con qué supuestos, hábitos y juicios; es identificar qué estados emocionales y anímicos nos atrapan y arrastran, es reunirnos con nuestro cuerpo y detenernos en él, a ver qué nos dice. Es en definitiva, conectarnos con el tan publicitado “aquí y ahora”, con el suave vaivén de nuestro abdomen al respirar y mirar “en que estamos”, para luego soltarlo y permitir que el silencio reemplace nuestra discursividad. Es por esto que no es un inactividad sin sentido, es un dejar de hacer que devela e invita a descubrir y generar nuevos espacio de ser y de percibir.

Tiene algo de vertiginoso. Lo vemos como riesgoso. Hasta como aburrido. Muchos lo tildan de inútil. Estamos tan embobados y seducidos por nuestros discursos y acciones, que olvidamos nutrir y sostener estos espacios de quietud, relegándolos a un lugar de espera que muchas veces no cambia.

Es este estado que muchas veces permite que algo nuevo ocurra, que salgamos de los círculos viciosos y del “más de lo mismo” al que nuestros hábitos tanto individuales como colectivos nos condenan. Aunque quizás muchos reconocemos que la quietud y el silencio es uno de los pocos espacios donde la creatividad, la innovación y la consolidación de nuevas formas y fondos pueden aparecer; tristemente también sabemos que escasamente los vistamos y que por el contrario, cada vez tratamos de hacer más y más en menos tiempo, cayendo mucha veces en el sin sentido.

Y es que detenerse y Quedarnos Quietos implica darse el tiempo para hacerlo. No ocurre mientras contestamos emails, hacemos las tareas con los hijos, estamos en reuniones, diseñando una estrategia, ni tampoco cuando caminamos con el perro.

Ocurre -sobre todo cuando no lo hemos hecho por largo tiempo- cuando, como decíamos, nos detenemos y ponemos atención a nuestro cuerpo, nuestra respiración, cuando somos capaces de apagar la “radio” interna receptora de distracciones. No se trata sólo de no hablar, sino que, más que nada, de no dejarnos llevar por la cadena discursiva de nuestros pensamientos, casi siempre repetitiva y nada de original.

Es este silencio el que permite que lo que tenga que pasar, pase; para que nuevas maneras aparezcan y todo busque y encuentre un nuevo orden. Algunos dirán que a estos espacio de insight o de descubrimiento también se accede a través de la lectura, el contacto con la naturaleza, el deporte, el arte… y puede ser así. Sin embargo, estas instancias son algo difíciles de visitar cuando estamos en la oficina o en reuniones intentando ejercer liderazgo.

Sabemos que para ejercer liderazgo es necesario movilizar, tocar fibras, hacer temblar la zona de confort que estamos habitando. Sea a un colaborador directo, a nuestro jefe, a nuestro equipo de trabajo o nosotros mismos, a veces es necesario enfrentar asuntos que juzgamos difíciles, que nos aprietan la guata y nos hacen querer mirar hacia otro lado.

Y también entendemos que generar aprendizajes que traigan crecimiento y evolución, requiere de arte y de estar presentes y atentos al devenir, a lo que va pasando. Es en aquellos momentos en los que ya hemos “hecho” suficiente para que “algo” ocurra, que es importante Quedarnos Quietos y soltar para darle espacio a las fuerzas que están actuando pero que no han tenido oportunidad de manifestarse. Es en estos momentos en que nuestra práctica de Quedarnos Quietos y de atención plena es necesaria.

Y no se trata de desvincularse o de “volarse” e irse mentalmente a otro lugar. Muy por el contrario, estamos más atentos y más presentes que nunca, pero estamos en la quietud, estamos en paz ofreciendo una gran contención y no “apegándonos” a ningún resultado o expectativa. Tampoco se trata de subirse al balcón, habilidad crucial en el ejercicio de Liderazgo que nos permite entender sistémicamente que está pasando y donde sí ocupamos nuestra capacidad analítica, integradora e intuitiva.

Cuando esta quietud ocurre, si llega a ocurrir, normalmente “algo pasa”, algo se libera y da espacio a un quiebre que ofrece nuevas posibilidades. A veces lo que aparece es un gran desequilibrio que abre las compuertas para la búsqueda de nuevas formas que están siendo necesarias para la evolución del sistema, porque no seamos ingenuos, la quietud y el silencio no siempre traen armonía y equilibrio; muy por el contrario, las mayoría de las veces son el preludio a un concierto de voces insospechadas, inesperadas e incómodas.

No es fácil Quedarnos Quietos, no es fácil no dejarnos arrastrar por nuestros supuestos, expectativas, miedos y convicciones. Sin embargo, hacerlo es crucial para poder entender lo que de verdad “está pasando”, cuáles son las fuerzas presentes, y qué se quiere manifestar. Por eso, la práctica del Liderazgo Adaptativo tiene algo de arte y de sublimidad, porque al requerir que a través de prácticas como esta, aprendamos a ser más independientes de nosotros mismos y de lo que “está” pasando, nos permite fomentar que los sistemas sociales se muevan y busquen un estado nuevo de evolución.

Cuando desarrollamos la tan escasa habilidad de no caer presos de lo que pasa tanto fuera como dentro de nosotros mismos, vamos permitiendo que el mundo interdependiente que nos rodea se mueva con más fluidez, gracia y propósito mostrando sus diferentes caras y matices, testeando la realidad y avanzando –a veces con dolor e incomodidad- hacia nuevos equilibrios que están allí, esperándonos.