PESCADORES DE HOMBRES

Por Juan Carlos Eichholz.

Déjenme comenzar esta columna por donde no debería comenzar una columna: haciendo preguntas, y, más encima, preguntas personales. Son sólo dos: 1) ¿Cuáles son los momentos en que usted se ha sentido más pleno en su vida?; y 2) ¿Qué huella quiere haber dejado marcada a lo largo de sus días? Y no siga leyendo mientras no se responda estas interrogantes.

Hace cerca de un mes, conversando con un estudiante extranjero de un programa de post-grado en el que enseño –tipo inteligente, de los mejores del curso, ejecutivo muy exitoso, gerente general de una multinacional–, salió el tema del sentido de propósito en lo que hace-mos, y le pregunté acerca del suyo, es decir, acerca de la huella que quería dejar. Para mi sorpresa, y la de él, me contestó, con toda can-didez, que nunca había pensado acerca de eso.

Creo que es difícil pararse en la vida sin hacerse esta pregunta, que necesariamente debemos conectar con aquélla de lo que nos hace sentir más plenos, porque si no hay una coherencia entre ambas, algo anda mal. Yo no sé qué res-pondió usted, pero cada vez que pienso acerca de esto, más me convenzo y experimento que los momentos de mayor plenitud provienen del entregarse a otros, y más me doy cuenta de que, si alguna huella hemos de dejar, será justamente porque fuimos capaces de trascender a través de otros.

Pensemos en algunos ejemplos: el Padre Hurtado, Eduardo Frei Montalva, Ernesto Ayala, Jaime Guzmán, Andrónico Luksic Abaroa, Miguel Kast, Ernesto Fontaine, Pedro Arellano, Mary Anne Müller, por mencionar a algunos. Lo que tienen en común estas personas, de mundos y orígenes distintos, es que han impactado profundamente las vidas de otros, y no sólo por el ejemplo que han dado a través de ser quienes son y hacer lo que hacen, sino por haber sido formadores de esos otros. Y es que no se trata de ser una fuente de inspiración para los demás, sino, en lo posible, de dar un paso más –difícil, por cierto–, y ser mentor de otras personas, porque sólo así es posible producir ese impacto y trascender.

No hablo de trascender en el sentido de vivir otra vida después de ésta, si creemos en ella, sino de dejar una huella en este mundo. Es cierto que esa huella podrían ser las obras, desde una empresa hasta una carretera, pero, en realidad, lo más potente no está ahí, sino en las personas que fuimos capaces de impactar, para que ellas luego impacten a otras. ¿Cuál es la gran huella que dejó el Padre Hurtado, por ejemplo? Para mí no es, como se suele decir, el Hogar de Cristo, o la revista Mensaje, o la Acción Católica, sino las personas que fueron movidas por él, y que luego expandieron eso que él había comenzado e hicieron mucho más.

 

Ser mentores de otros debería ser una de las fuerzas motoras de nuestra vida. Desde luego, como padres deberíamos intentar ser mentores de nuestros hijos –y ojo, que no por ser padres somos mentores–. Pero podemos ir mucho más allá, y como jefes ser mentores de nuestros colaboradores, o como profesores serlo de nues-tros estudiantes, o como políticos serlo de otros políticos, o como personas serlo de otras perso-nas. Lo único que requerimos, como se ve en los ejemplos retratados en estas páginas, es una cierta cercanía, primero, y ese sentido de entregarse y trascender a través de otros, después.

¿Pero qué significa ser mentor? Algo tan simple, y tan complejo a la vez, como ayudar a otros a ser todo lo que pueden ser. Sólo que esa ayuda tiene que ver más con hacer preguntas que con dar respuestas, más con cuestionar que con compla-cer, más con abrir espacios de reflexión que de acción, más con conversar acerca de los propósitos de futuro que con resolver las urgen-cias del presente, más con el ser que con el hacer.

Una de las cosas que hemos ido perdiendo en el mundo actual es justamente este tipo de relaciones más profundas entre las personas, que son la verdadera fuente de aprendizaje. Y quizás sea porque, en una época donde la información y el conocimiento están al alcance de la mano, pensamos que somos autosuficientes, que es poco lo que podemos entregar y recibir de otros. Pero creo que eso es un error, porque parte del proble-ma es que no sabemos qué hacer con tanto conocimiento. De hecho, hay muchas grandes empresas que, entendiendo esto, han ido creando sistemas internos de mentoría, justa-mente en la lógica de que el verdadero aprendizaje no se transmite por los canales for-males, sino que sigue estando entregado a las relaciones personales.

Los Benito Barandas y tantas grandes personas, conocidas y desconocidas, no surgen gracias a Google, sino gracias a otros que les entregaron parte de sí, otros que dejaron en ellos una huella, otros que tenían como propósito ser pescadores de hombres.